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Actividades en la Naturaleza

 

 

Todo comenzó el sábado a las diez de la mañana, cuando fueron llegando todos los participantes para irse instalando en las cabañas
del complejo de Piñuécar.

 

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En circulo bajo la sombra de los fresnos comenzó nuestra búsqueda de la felicidad a través de los árboles

 

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Llegó el momento de identificarnos cada uno con nuestro árbol protector según el calendario celta.

 

 

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Conociéndonos...

Hubo claramente un antes y un después de esta actividad, donde fuimos presentados cada uno por nuestro nombre, nuestro árbol y nuestro sentir a través de las palabras de otro de los participantes que escogido al azar, con quien habíamos estado dialogando previamente. Supuso la integración del grupo. Nos dimos cuenta que no existe nada al azar, todo tiene su porqué, todo es no casual sino causal.

 

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 Los árboles, las raíces de la felicidad, de Empédocles e Hipócrates a Freud

 

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 Sin darnos cuenta llegó la hora de la comida

 

 

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Durante la sobremesa escuchamos un relato de la tierra

 

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A la hora de la siesta, algunos se retiraron y otros aprovechamos para ver unos documentales: video-arte y los cortos

(los colores del otoño y primavera en la dehesa)

 

 

 

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A continuación visitamos la exposición La Mirada de los bosques, con la introducción al reconocimiento de los árboles

 

 

 

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Cada nueva imagen del mundo de los bosques se acompañó con la visión lírica de poetas, recitado con la voz dulce y cálida de Elisa

 

 

 

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Pasadas las horas más calientes del día, fue el momento de emprender el paseo entre árboles y prados a Madarcos, el pueblo más pequeño de Madrid, cruzando el río Madarquillos.

 

 

 

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Siguiendo el camino rural bordeado de árboles

 

 

 

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Nos fijamos en el viejo molino y cruzamos el puente hacia Madarcos

 

 

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Durante todo el trayecto, de cuando en cuando, nos reuníamos alrededor de Miguel, al encontrarnos con las distintas especies de árboles y plantas, para que nos enseñara a reconocerlos. De ese modo, identificamos olmos, robles, plátanos, encinas, arces, higueras, cipreses, parras y zarzamoras, y comimos moras y uvas que se ofrecían generosamente al caminante.

 

 

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Al regreso nos esperaba la cena, trascurrida la cual, se montó el telescopio en una amplia explanada que tiene la finca, para conocer el cielo estrellado y observar la Luna, reconocer constelaciones y saber orientarse por las estrellas. Vimos con el telescopio, además de los cráteres de la Luna, estrellas, cúmulos, nebulosas y galaxias.

 

 

 

 

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La noche trascurrió en armonía entre astros, con la música del grupo de cuencos tibetanos y los cantares que surgieron espontáneamente mientras tomábamos una infusión en el comedor para dar fin a la velada, que duró hasta las tres de la madrugada.

 

 

 

 

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La mañana siguiente amaneció apacible. Tras el desayuno pudimos ver nuestro astro rey a través del telescopio montado, ahora, con el filtro solar.

 

 

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Llegó el momento, tan esperado por muchos, para escuchar las canciones de los árboles, una perspectiva sonora de nuestros compañeros verdes.

 

 

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Llenos de los sonidos de los árboles, nos levantamos y entonamos una nana dedicada a esos seres majestuosos que nos cobijan.

 

 

 

 

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Sobrecogidos todavía con el canto de los árboles, Isabel Bettina nos introdujo en la técnica Qi Gong (Chi kun) de medicina china tradicional que busca la armonía entre la mente, la respiración y el ejercicio físico.

 

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Acabamos nuestras jornadas de arboterapia, despidiéndonos de los árboles, uniéndonos a su fuerza vital en un abrazo, en una corriente de energía positiva que se hunde en la tierra con sus raíces y se elevan al cielo con sus ramas. En círculo, a la sombra de los fresnos, nos dijimos adiós.

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Mira los fresnos en callado círculo,

toca su reino de silencio y savia,

toca su piel de sol y lluvia y tiempo,

mira sus verdes ramas cara al cielo,

oye cantar sus hojas como agua. Octavio Paz

 

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Un poeta definió al hombre como raíz que anda. El origen de nuestra cultura, de nuestro conocimiento, de nuestra forma de ser, se encuentra en nuestras raíces. Una palabra llena de significados, porque nosotros, a semejanza de los árboles, tenemos profundas raíces en la madre Tierra. Nuestra misión en la vida consiste en mantener vivas estas raíces; sólo así, nuestra actividad florecerá y será grato el fruto de nuestro esfuerzo. Si cumplimos con este precepto, cumpliremos con el compromiso adquirido como especie cuando se creó la vida, una vida basada principalmente en la colaboración mutua entre distintas especies. La humanidad empezó a evolucionar a la sombra de los árboles. Recordemos nuestras raíces porque todavía está en nuestras manos la elección para recobrar la dignidad como habitante de este bello y frágil planeta.

 Miguel Herrero Uceda,  El alma de los árboles

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